Cuestión de victoria

9 11 2008

Se puede elegir, al libre albedrío, diez voluminosos tomos sobre el pasado del Islam. Estos ejemplares, seguro que llenos de polvo, nos expondrán la fabulosa historia de la religión musulmana desde sus orígenes, así como los vaivenes de la vida de Mahoma y el proyecto de creación de al-Ándalus para la Hispania del siglo VIII. De hecho, muchos que se empeñan en llamarse “expertos en el Islam”, se niegan a levantar la mirada de sus tratados de historia clásica y a memorizar otra cosa que despunte de lo “estrictamente cultural”. Por lo que se puede apostar que jamás entenderán nada en absoluto sobre lo que está sucediendo en el norte de África. No obstante, si estos eruditos se molestaran en leer con calma un par de páginas que aborden el tema de la colonización, lo comprenderían todo muchísimo mejor. Y éste es el problema en la actualidad: que los revisionistas no quieren ampliar su campo de mira.

Fue en el año 711 cuando se expulsó a los árabes de España y, al poco tiempo después, de buena parte de Europa. Por esa época, la religión católica subió al podio vencedor: los cristianos con ayuda de Dios había desplazado al invasor musulmán. Los gritos de victoria retumbaban en toda España.

Y menos mal que nuestros antepasados se deshicieron de los invasores que rezaban a la Meca: traían la infame costumbre de asearse diariamente, de estudiar con asiduidad y de aprovechar al máximo los recursos hídricos. Todo ello, sin contar con los avances en una medicina que no se ruborizaba ante la realización de autopsias. De esto, ya nadie se acuerda.

El problema de fondo de esta religión radica en que todavía existe una amplia desinformación sobre el verdadero Islam. Parece que no es plato de gusto recordar que en los tiempos en los que los árabes triunfaban, cuando tenían la sensación de que el mundo les pertenecía, interpretaban su fe con un espíritu de tolerancia y de apertura; lo que apuntaba a que iba a ser el Islam la religión que triunfase en Europa. Pero no fue así. Los árabes perdieron su cruzada y los católicos se izaron con la victoria, echando a sus enemigos islámicos de una parte fundamental de Occidente sin ningún pudor. Éste fue el detonante que terminó por marginar a una religión islámica que, en su refugio, se radicalizó; no sin motivos.

Y la historia no termina aquí. La guinda final la colocaría la colonización de los países islámicos de África por parte de los países europeos, factor que desencadenó un amplio sentimiento de odio forjado en los lugares sometidos que se hereda a día de hoy.

El pasado jueves acudí a una conferencia del profesor Pérez Viñuela. El hombre, pequeño, sabio y muy mimético con la cultura árabe traía a la memoria las enseñanzas de Omar Pamuk y del libanés Ammin Malouf. Todos ellos sabedores de un axioma que todavía, en pleno siglo XXI, deben pronunciar en bajo para evitar las iras de las opiniones analfabetas: si el Islam no hubiera salido perdedor en el siglo VIII, sería probable que las mujeres católicas fueran las que ahora llevasen velo.

Gracias, revisionistas islámicos con dos dedos de frente. Y que Alá, Dios, Yahvé, Krishna (o el que en estos momentos esté más cerca) bendiga vuestra cordura, que debiera ser crónica, por los siglos de los siglos.

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