Quintiliano y la política (III Parte)

15 05 2009

Sería una lástima no hacer mención en ese blog a Quintiliano, maestro de la oratoria política. Marcus Fabius Quintilianus (Marco Fabio Quintiliano), 35 d. C – 95 d. C, fue un retórico que nació en Calagurris (actual Calahorra), Hispania. Estudió en Roma donde primero ejerció de abogado, pero se le conoce por haber sido profesor de Retórica. Tras ejercer durante veinte años como abogado y profesor, Quintiliano decide aislarse para dedicar su vida a escribir. Su fama actual le viene del libro Institutio Oratoria (90 d. C), gran obra redactada en doce volúmenes. En los dos primeros libros, Quintiliano trata la educación elemental tal y como se organizaba en la Roma de su tiempo y estudia los métodos para la formación básica en el campo de la Retórica. La obra completa presenta una entereza y una originalidad notables que traducen el pensamiento del autor, todo lo cual se expresa con un estilo lúcido y brillante. Esta obra ejerció una gran influencia sobre la teoría pedagógica que sustenta el humanismo y el renacimiento. Y de ella me voy a servir para intentar explicar cómo las grandes palabras y la ética, que muchas veces es insuficiente, afectan a la política actual.

Grecia y Roma fueron las primeras en desarrollar un verdadero arte “de hablar en público”. Han gozado de grandes oradores y han tenido la oportunidad de gozar de bellos discursos. Ese hecho se ha unido de una a la cultura de esas ciudades, haciendo que la educación de la época se contagiase de la que iba a ser una de las más importantes asignaturas: la retórica. El lenguaje iba a formar parte de las características que debía tener el ciudadano culto. ¿Qué quiere decir? Que a parte de educarse en la literatura, en la historia, en la filosofía, el ciudadano se debía ocupar de la vida política.
A los políticos se les iba a exigir que hablaran bien, ya que el ciudadano tenía el poder suficiente para juzgar a su mismo nivel. Y con el discurso, la propia palabra, era muy cuidada y, en la mayor medida de lo posible, correctamente usada.
La concepción de la sociedad, tanto griega o romana, era muy distinta a la de ahora, gran obviedad, no obstante, era muy compleja en un aspecto que también debería repetirse a día de hoy: en la gran educación cívica. El orador y el oyente debían compartir un “código cultural”, es decir, una conexión entre los dos en imágenes, datos, informaciones… Se debía facilitar la comprensión para el ciudadano, pero él ponía mucho de su parte. Se podría decir que ciudadano y político se situaban al mismo nivel. Aunque abogaran por ideas distintas los dos sabían desenvolverse con facilidad, y debatir abiertamente, de manera directa, educada y ejemplar. Los insultos, eran de gente desinformada y maleducada. Era casi impensable que alguien los utilizara, un orador, imposible.
La técnica persuasiva y su práctica eran esenciales en el mundo clásico. Era un distintivo de clase, una meta a la que todo buen ciudadano debería aspirar. Persuadir con grandes y justos argumentos. Hablando bien y con propiedad, ya que la gente estaba lo suficientemente formada e informada como para no tolerar cualquier abuso de poder en la palabra. El profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, Tomás Albadejo, diría a esto que:
Nuestra sociedad, inmersa en una ya larga crisis del lenguaje, no ha podido, ni ha sabido, rehabilitar en altas cotas de valor la técnica del discurso del lenguaje persuasivo. Si bien hay cierto reconocimiento del hablar bien, del hablar eficazmente, estamos muy lejos de una situación en la que la retórica sea considerada como parte fundamental de la formación cívico-cultural. La nuestra es, más que una cultura (una sociedad culturalmente constituida) del discurso, una cultura del impacto comunicativo.

Quintiliano exige para el orador una formación previa enorme. A modo de anécdota, todo hombre que aspirase a ser un genio del discurso debería entrenarse en el Instituto oratoria romano. Allí se adquirían conocimientos generales y específicos de técnica (ars)  oratoria o discursiva (res). Allí se instruía en las letras griegas, se hacían lecturas, se medía el tono de voz… Todo ello aparece detallado en su libro: “La educación del orador”.
Habilidad, tacto y prudencia del orador eran unos requisitos básicos. En resumen, el orador clásico quería hacer partícipe a su público en los debates, quería que ellos tomaran parte y que resultara lo mejor posible para la sociedad. Eran debates ricos en ideas y en contenidos.
Quintiliano decía que existe retórica allí donde lo verdadero no se puede distinguir claramente. La grandeza del verdadero debate reside en que cada uno de los dos contendientes puede forzar su parte, es decir, intentar llevar al otro a su propio campo por medio de una argumentación certera y consistente. Y sobre todo con buena fe. Se pueden debatir los puntos de vista con la verdad por delante y el corazón en la mano. Porque el orador cree en lo que dice, y con ello enriquece al debate político. El engaño, éticamente no estaba permitido, que se diera o no, ya era asunto del propio implicado.

Ya Quintiliano procuró en su libro especial relevancia en la formación del orador como una persona éticamente correcta.  El orador, es el vir bonus dicendi peritus, una persona que lleve por bandera la honradez y el buen criterio. Esta denominación se la dio Cicerón. De hecho, una persona de poco prestigio moral, de intenciones poco ortodoxas, según Quintiliano, perderá todo prestigio ante el auditorio. El discurso debe ser coherente según de lo que trate y quién lo pronuncie. No hay que hacer uso de bonitas palabras sin un compromiso serio plenamente asumido. Verdad, bien, paz y solidaridad deberían estar en la boca de buenas personas.

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